Aunque a simple vista parezca solamente una sucesión de espejos de agua, el Iberá está compuesto por una gran variedad de paisajes.

En las áreas más bajas, las lluvias depositan sus aguas en los esteros y lagunas que caracterizan estos sectores. En las zonas más elevadas, pequeños remanentes de selvas paranaenses, palmares e interminables pastizales interrumpidos por algunas isletas de monte, cobran protagonismo.

Aunque intrínsecamente distintos, estos ambientes están estrechamente ligados entre sí y albergan a más de 4.000 especies de animales y plantas.

Flora

Lagunas y embalsados: Sólo en los esteros del Iberá, donde la profundidad alcanza los 5 metros, se forman embalsados; que son islas flotantes compuestas por restos orgánicos atrapados por una trabazón de raíces, que flotan en las lagunas gracias a su bajo peso específico. La diversidad de especies que habitan estas islas es muy alta, encontrándose desde planta carnívoras, musgos propios de turberas, helechos y totoras, hasta árboles de gran porte como ombúes (Phytolacca dioica) y laureles amarillos (Nectandra angustifolia).
Los espejos de agua no tienen un borde definido, ya que son parte de esa gran cubeta de 500.000 hectáreas continuas, pero mantienen sus formas gracias a un embalsado firme, generalmente de más de un metro de espesor, que flota en el mismo sitio con la ayuda del viento y el oleaje. Cuando la sequía se prolonga y las aguas descienden, este embalsado se pega al suelo cortando la circulación de agua. Cuando las aguas vuelven a subir, el manto se despega del suelo, se parte y da lugar a numerosos riachos que dejan circular el agua hacia el río Corriente.

Pastizales y lagunas redondeadas: Se extienden a lo largo de todas las lomadas y cordones arenosos (norte y oeste del Iberá) depositados por el río Paraná en su antiguo deambular por el centro de la provincia. Este “mar de pastos” sólo se interrumpe con la aparición de algún montecito aislado o pequeñas lagunitas perfectamente redondeadas y de un azul profundo, que suelen tener, en su interior, embalsados de vegetación flotante. Los pastizales de un metro y medio de altura y de color rojizo se conocen en la zona con el nombre de “paja colorada” (Andropogon lateralis), mientras que aquellos que son más bajos, finitos y de un verde grisáceo que le dan el aspecto de una cabellera, son llamados “espartillares” (Elyonurus muticus), y crecen en lugares donde la arena se ha amontonado, formando pequeñas elevaciones donde nunca se encharca ni inunda.

Cañadas y bañados: Hacia el norte y oeste, intercalados entre los cordones y lomadas arenosas, hay depresiones donde el agua se acumula durante bastante tiempo, dando lugar a la formación de extensos pirizales y juncales (concentraciones de plantas de tallos verdes, largos y finitos, denominados científicamente Cyperus giganteus y Schoenoplectus californicus, respectivamente). Estas cañadas y bañados retienen la humedad y rara vez llegan a secarse, ya que la misma vegetación se encarga de impedir el flujo del agua y evitar la entrada del viento. Estas cañadas con vegetación arraigada al fondo suelen tener hasta un metro de profundidad.

Bosques y sabanas de ñandubay (Prosopis ñandubay): Son bosques secos (xerófilos) de copas aparasoladas y de escasa altura. En algunos sitios crecen en forma continua a modo de bosque, mientras que en otros lados se presentan como isletas formando una estructura de parque o incluso a modo de sabanas, cuando los árboles están aún más dispersos en medio de amplios pastizales. La especie dominante es el ñandubay (algarrobo propio del espinal entrerriano). Más cerca de la costa del estero existen especies más propias de los bordes de la selva y palmares de caranday (Copernicia alba).

Malezales: Son a simple vista semejantes a los pastizales de paja colorada, pero quien intenta recorrerlos, enseguida notará que el suelo es sumamente irregular, como una botonera de teléfono. Entre “botón y botón” se acumula el agua, que permanece allí todo el año permitiendo la aparición de gramillas y plantas acuáticas de pequeño porte. En la parte alta del botón es donde crece la paja colorada y se desarrolla de tal manera, que superficialmente se visualiza como un sólo pastizal. A diferencia de los pastizales de las lomadas arenosas, aquí no hay nada que interrumpa la continuidad de la paja colorada. No hay lagunas, no hay un solo árbol que pueda crecer en estos suelos arcillosos y permanentemente inundados.

Palmares de yatay poñi (Butia paraguayensis): Son pequeños palmares enanos que apenas asoman entre los espartillares de las lomadas arenosas. Crecen en las partes más altas de estos depósitos y llegan a medir tres metros de altura, aunque generalmente no superan el metro y medio; con el paso de las décadas y centurias estos palmares tienden a arbustificarse. En medio de ellos crecen montecitos de curupies (Sapium spp.), y luego vendrán los timboes (Enterolobium contortisiliquum) y laureles amarillos (Nectandra angustifolia) para formar una isleta de monte.

Isletas de bosque húmedo: El clima cálido y húmedo del norte correntino favorece el arraigo de árboles y formación de montes, pero en pocos lugares del Iberá existen suelos secos y bien drenados para que puedan sobrevivir. Es por eso que los bosques húmedos y las selvas no crecen en forma continua en los esteros del Iberá. Generalmente se observan isletas de diferentes dimensiones, a modo de caparazones de tortugas, salpicando el horizonte o “viboreando” a lo largo de los pequeños arroyos que cortan el albardón del este del Iberá. Las especies más frecuentes son los guayabos y otras mirtáceas, la palmera pindó (Arecastrum romanzoffianum), el lecherón (Sebastiania brasiliensis), los ombúes (Phytolacca dioica), timboes (Enterolobium contortisiliquum) y lapachos (Tabebuia spp.). A medida que se aproxima la costa del río Paraná, estos bosques se tornan más diversos y extensos.

El río Corriente y sus bancos de arena: Todo el Iberá desagua a través del río Corriente, un río de llanura que se desliza dando curvas y depositando las arenas que lentamente ha transportado de aguas arriba. Los cambios en los niveles de agua hacen que la vegetación no crezca demasiado, ni permanezca un tipo de comunidad específica. Así, por momentos parece una gran laguna, por momentos un bañado y por momentos un pajonal intercalado con bancos de arena, que le dan ese toque de paisaje inestable y dinámico.

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