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Iruya se encuentra ubicada a 2780 msnm a 320 km. de Salta, la capital de la provincia. Para el acceso se debe pasar por la provincia de Jujuy, recorriendo la ruta Nacional N° 9.

Su belleza geográfica y su parecido a un pueblo salido de un sueño lo hacen realmente una parada obligatoria en el recorrida de la provincia.

De acuerdo a las condiciones climáticas los meses de Junio, julio, agosto, septiembre y octubre son los meses ideales para visitar Iruya.

El Pueblo de Iruya posee una gran historia fue fundado en el año 1753, pero, sin embargo su origen data de un siglo anterior a su fecha de fundación, actas de nacimiento encontrados en la parroquia de Humahuaca en la provincia de Jujuy, testifican que un siglo antes de su fundación ya estaban asentados habitantes en el lugar.

Plaza central de Iruya

Estos asentamientos son sobre todo asentamientos indígenas cuyos antecedentes más remotos son los ocloyas, un pueblo perteneciente a la etnia kolla, quienes a su vez, derivan del kollasuyo, una de las cuatro regiones del antiguo Tahuantinsuyo (imperio incaico).

En el pueblo de Iruya la cultura aborigen se entrecruza con la cultura hispana, logrando la supervivencia de ambas, lo cual ha generado un proceso histórico de interculturalidad.

La gente que habita en Iruya es propiamente de este lugar, con sus ropas de colores, hechas con sus propias manos, sumergidos en sus creencias y practicando sus tradiciones.

Aquí, los habitantes, vestimentas, costumbres y viviendas han mantenido su tradición a lo largo de 250 años. El poblado conserva sus calles angostas y empedradas, con casa de adobes, piedras y paja.

El nombre de iruya proviene de origen quechua y se puede traducir como ‘abundante paja’ o ‘Lugar de los pastos altos’.

Entre las actividades recomendadas se encuentran las cabalgatas, caminatas o la práctica de trecking.

Otra gran característica son las festividades religiosas, la más importante de todas tiene lugar el primer fin de semana de octubre, con los cultos de la Virgen del Rosario.

Cientos de lugareños movidos por su fe participan de los actos religiosos cantando, rezando y ejecutando instrumentos autóctonos (quenas, cajas y sikus).

Acompañan la música con el baile típico de los ‘cachis’, un grupo de disfrazados con máscaras cuya danza simboliza la eterna lucha del bien y el mal.

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